El punto de no retorno

Hubo un tiempo y lugar en que todo lo que vivimos era aun una tendencia reversible. Lo hubo. Hoy, rumbo al 22% de desempleo, cerca de los cinco millones de parados, nadie levanta la voz.
Los bancos en vez de achicar agua esconden la basura bajo la alfombra (china), mientras el gobierno nos dice que todo va mejorando. Más de cinco millones de pisos siguen esperando comprador; cada vez hay más ruinas familiares debidas a hipotecas que persiguen de por vida como los malos espítiritus.
Esto es España, el país con el que los Jeques juegan al Fifa en vivo y los políticos creen jugar a Sim City con truquitos.
Existe una casta, esa casta política y plutócrata, para la que somos un sombra: los peones de su tablero. Lo mejor que podría decirse de nosotros es que somos… prescindibles.
Somos más y, básicamente, la fuerza que mueve este país pero todo eso ocurre porque lo permitimos día a día.
Hipotecamos nuestro futuro y el de centenares de generaciones venideras con energías y procesos productivos cuyo rastro dejará una pesadilla de tiranía para miles de años más allá de nuestra existencia.
Seremos recordados como las generaciones malditas, si es quedase algo que recordar, por los nietos de los nietos de nuestros nietos.
Si les permitimos un lugar habitable en que crecer, hablarán de nosotros con vergüenza, como con vergüenza hablamos de las épocas oscuras hoy, y recordarán con orgullo y afecto a los nuevos seres humanos, aquellos que poco a poco trabajaron con esfuerzo para imponer la razón y la lógica, la justicia y la paz social y un esquema de las cosas más justo y mejor. Hablarán de aquellos que lucharon contra una multitud titánica y se esforzaron en hacerles comprender cual era al destino tras el punto de no retorno. Aquellos que se negaron a ver la batalla perdida.
Hoy, el objetivo de nuestro “enemigo” ya ha sido cumplido, no hay vuelta atrás.
Nos han conquistado como individuos y sociedad. Nos han derrotado.
Casi medio siglo de nacional-catolicismo y cerca de otro tanto de capitalismo salvaje tenían que tener consecuencias.
Pero han olvidado lo más esencial: somos un pueblo como el fénix.
Somos el pueblo de Cádiz y la guerrilla y podemos reconquistar lo que es nuestro cuando nos venga en gana. No se a vosotros, pero a mi me preocupa lo que nos ocurra y el legado que dejemos.
No voy a dejar que me recuerden como una de esas personas que no hizo nada.
Ahora van a por la sanidad y la educación, pero habrá algo diferente: yo preferiré estar muerto antes que vivir o dejar a mis hijos el mundo que pretenden imponernos.
Nos vemos en las urnas, nos vemos en las calles.
No les votes, vamos a botarles.






