29 / 3 / 2011

Nosotros contra nosotros

Psicopatía en el Homo sapiens

Es realmente difícil comprender cómo hemos llegado hasta aquí. No fue nuestra inteligencia avanzada lo que nos ha traído tan lejos: los dinosaurios carecían de semejante habilidad y sobrevivieron millones de años, hasta que el universo decidió borrarlos de la faz de la tierra.

Nuestro encéfalo, desarrollado desde sus rudimentos de reptil, ha crecido y evolucionado con nuestra especie. ¿El mayor de nuestros saltos en ese largo camino?: la corteza prefrontal. Una maravilla biológica, la última en aparecer, que se desarrolló para darnos mayor y mejor control sobre nuestro cerebro. En esa fina capa, allá donde recubre tu lóbulo frontal (abarcando internamente -más o menos- desde detrás de tus ojos hasta algo más allá de tu frente) es donde reside quién eres realmente. Podrías carecer de ella de algún modo y seguir siendo inteligente, pero no serías… “tú”.

lóbulo frontal

La personalidad, la imaginación, los sentimientos y la profundidad de los mismos, la atención, determinación, iniciativa o juicio de cada uno de nosotros reside allí, dentro de ese manto -de apenas seis neuronas de espesor- sobre nuestro cerebro. Esa “cobertura” cerebral contiene en total unos 10.000 millones de neuronas y sus más de 50 trillones de conexiones al cerebro, creando una increíble red biológica, un auténtico microuniverso sobre nuestro órgano rey que nos hace únicos e irrepetibles, además de verdaderamente “humanos”. Para que intentes hacerte una idea de la magestuosidad de dicha red podríamos aportar un dato: Google, hoy, indexa en total “sólo” un trillón de conexiones a la web.

Existe una carencia o defecto de tales capacidades cerebrales al que llamamos psicopatía: un déficit neurológico en la corteza prefrontal que incapacita para aprender de las experiencias, para sentir, para empatizar, intuir, imaginar o tener una creatividad genuina -no sólo útil para “hacer cosas cosas bonitas”, si no también para llegar a niveles de abstracción que, por ejemplo, nos permitan conseguir soluciones correctas y apropiadas ante cada problema-. Hablamos de un estado neurológico en que el indiviudo conserva su capacidad intelectual pero carece de verdadero control sobre ella, especialmente en lo que se refiere a las funciones ejecutivas.
En definitiva, una situación que acerca al psicópata a ser una máquina biológica antropomorfa más que a ser un humano normal.
Precisamente debido a su déficit los psicópatas son gente inteligente (en un sentido práctico, no en el amplio, de la palabra): aprenden durante toda su vida a sustituir sus enormes carencias con análisis calculados, pero fríos, que se mueven dentro de códigos de conducta propios y que convierten a cualquier ser vivo en un objeto, una “cosa” más, en cada ecuación vital. Gente para la cual una vida humana tiene el mismo valor que una piedra, gente exageradamente mentirosa, manipuladora y narcisista, que no necesariamente tiene porqué llegar al extremo de asesinar con sus propias manos, pero que sin duda podría hacerlo sin sentir la más mínima culpa, ya que para su instinto vital sus objetivos personales son lo único que existe.
Se estima que entre el 1% y 6% de las personas son psicópatas.

Todos los animales vertebrados tienen, en mayor o menor medida, un lóbulo frontal y, por lo tanto, ante los defectos del mismo, son susceptibles de expresar tendencias o comportamientos psicópatas. Sin embargo, en el reino animal, donde prima la normalidad -que convierte en más apto al individuo estable que al que se expresa psicópata-, aquellos que desarrollan semejantes déficits suelen o bien apartarse o bien ser apartados del grupo. Los seres humanos, por contra, sucumbimos muy a menudo a la manipulación del psicópata: su capacidad verbal, su encanto y carisma (completamente superficiales) les han valido durante toda la historia para ganarse un lugar en lo más alto de la pirámide social. Muchos líderes, dentro de la política, los ejércitos, las empresas o las religiones de todo el mundo fueron y son psicópatas no diagnosticados, que nos han llevado por los peores caminos sólo con la intención de conseguir sus objetivos más egoístas. La lista de personajes importantes -a menudo muy impopulares a posteriori-, de todos los tiempos y lugares, que entraría dentro de dicha diagnosis es sencillamente apabullante y nos da una idea sobre cómo y por qué hemos sufrido muchos de los peores episodios de la historia de nuestra especie. Dentro de la psiquiatría incluso existe la ponerología, un estudio interdisciplinario sobre la psicopatía en los períodos de injusticia social.

Los antiguos babilonios ya hablaban de “personalidades anormales” que no cabían en las categorías de cuerdo o loco, aunque el concepto no empezó a tomar forma hasta el siglo XIX, cuando comenzó un estudio algo más cientifista de las enfermedades mentales. Hasta hace bien poco se consideraba psicópata sólamente a aquellos que comentían, con sus propias manos, crímenes horrendos sin sentir remordimientos. Ahora sabemos que ni siquiera hay que llegar tales extremos para ser así.

Nos ha costado cientos de miles de años ser conscientes, como especie, de nuestra parte más monstruosa y horrenda. Y algo peor aun: aun siendo cada vez más conscientes de dicho peligro seguimos abandonándonos a él.
Nos consume, porque todavía no contamos con métodos rápidos e infalibles para identificar a un psicópata, porque todavía no sabemos siquiera a ciencia cierta si el psicópata nace o se hace. Sólo sabemos que pueden llegar a ser lo peor y a sacar lo peor de nosotros, la mayoría de las veces sin que siquiera nos demos cuenta.
¿Propiciaron ellos este esquema social piramidal e injusto, casi tan antiguo como nosotros mismos?, ¿o por contra el esquema social propició que ellos y su manera de ser escalasen a la cúspide?
Hay quien dice -como asumiendo que habría que aguantarlos hasta entonces- que algún día podremos identificar fácilmente a los psicópatas y que nos sorprenderemos de cuantos de ellos están al frente de la política, las empresas o los ejércitos.
Lo cierto es que los animales, que tienen en muchos casos su propia empatía, tuvieron siempre una solución instintiva muy correcta para ese problema: donde no hay lugar para semejantes monstruos sus garras no pueden causar daño. Cambiando el sistema socio-político hacia la horizontalidad (que disolviese dichos comportamientos) y nuestros incentivos vitales del economicismo -ya demostrado como erróneo e infructífero- a la felicidad y la calidad de vida (economía de recursos) solucionaríamos la amplia mayoría de nuestros problemas como especie, además de crear sistemas virtualmente inmunes a los psicópatas.

Que dejasen de amenazar nuestra integridad sería mucho más difícil y exigiría mucho más tiempo, ciencia, conocimientos y consenso social para adoptar las medidas adecuadas. Sólo cambiando nuestro sistema tendremos tiempo para esto último.
Como dije, sabiendo todo lo anterior es realmente difícil comprender cómo hemos llegado hasta aquí…
…y más difícil aun imaginar como avanzar más allá, sin derrotar a nuestra parte más oscura, la que es menos “nosotros”.






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