16 / 3 / 2011

Perogrullo: "WikiLeaks y la prensa: ¿síntoma de una enfermedad terminal?"

Son los cinco principales periódicos que han distribuido el famoso Cablegate, la macrofiltración de documentos del Departamento de Estado de los EE UU. Están capitalizando extensamente su éxito, con conferencias e incluso giras de sus directores que generan tal atracción popular que se forman colas y se llenan locales. Son una confederación de lo más conocido y noble del periodismo tradicional, una constelación de verdaderas estrellas periodísticas. Y sin embargo la relación de los periódicos del Cablegate con su fuente, o colaborador, el grupo WikiLeaks no puede ser más conflictiva. The New York Times publicó en portada un perfil de Julian Assange en el que informaba a sus lectores de que el australiano huele, porque se ducha poco. The Guardian animó su retrato personal contando anécdotas sobre su afición a vestirse de mujer para esquivar presuntos seguimientos. Todos ellos han lanzado libros en los que retratan en términos muy desfavorables tanto al grupo como a su cabeza visible. Y quizá lo más espectacular: a pesar de haber seguido con evidente fruición los problemas legales de Assange en Suecia y las acusaciones que pesan sobre él de delitos sexuales, ninguno de ellos ha realizado declaración o petición alguna a su favor, a pesar de las sospechas fehacientes de que pudiera tratarse de un intento de acallarle y de doblegar a su organización. Una vez recibida la filtración los periódicos no sólo no han ayudado a Assange y a WikiLeaks, sino que claramente se han alineado con sus enemigos. La postura no es tan extraña como pudiera parece, y es muy simbólica. Porque en el fondo WikiLeaks y el Cablegate son señales de una profunda fractura en el modelo de prensa tradicional del que estos periódicos son defensores y símbolos. En el fondo Assange y su grupo son un síntoma más de la enfermedad que está matando a la prensa de toda la vida. Y respiran por la herida.

En la introducción al libro que The New York Times ha publicado sobre sus relaciones con WikiLeaks el director del periódico, Bill Keller, aclara reiteradas veces que siempre consideró y trató a Assange como a una fuente, no como a un colega periodista. Lo mismo destaca en la introducción a su propio libro The Guardian. Ambos protestan demasiado, sobre todo si tenemos en cuenta que estratégicamente se olvidan de aclarar que el origen de sus desavenencias con Assange fue su intento conjunto de traicionar tanto a WikiLeaks como al resto de los periódicos que preparaban la publicación, contado por los representantes del alemán Der Spiegel. La declaración, sin embargo, no deja de resultar aclaratoria, porque nos acerca a la respuesta a una pregunta clave que los Cinco Directores no suelen responder en sus presentaciones públicas, a saber: ¿por qué quien quiera que filtró los documentos (el soldado Bradley Manning, u otros; no se sabe) prefirió dárselos a WikiLeaks en lugar de entregárselos a The New York Times? Por supuesto, si The New York Times y The Guardian tratan a sus fuentes del mismo modo que han tratado a Assange no es extraño. Lo sorprendente sería que a partir de ahora alguna fuente esté dispuesta a tratar con intermediarios que están dispuestos a tratarlas de ese modo.




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